Despertar dos días seguidos frente a una sonrisa es sólo un detalle en la vida, una sutileza, que sólo se valora luego de mucho tiempo de que la noche se haga un espacio solitario.
Dejé por unos días los placeres de la playa, el calorcito, los verdes de la vegetación, el azul del cielo siempre que no está nublado. Extrañé un poco el cacareo del gallo en la mañana, más aún observar las peripecias de los monitos que todos los días van a comer sobre el techo de mi casa, dejando caer los restos, provocando explosiones sonoras en la chapa.
Tomé la carretera con un sol escondido y una furiosa lluvia que azotaba el aire con litros y litros de agua. Llegué a la ciudad en la noche.
Dos días en la vida a veces no son nada, otras tantas son la cantidad justa para que los aires cambien, se renueven, las cosas adormecidas se despabilen y las sonrisas comiencen nuevamente a girar.
En la ciudad visité mucha gente, amistades, gente que con el tiempo fui queriendo. Besos abrazos, risas, de las cosas sencillas de la vida, de los básicos que nunca están de más, de lo mínimo para que el cielo se mantenga cortejando a la tierra.
Charlas nocturnas iluminaron mi corazón. La celebración del encuentro en las dos noches que pasé. Armonía, miradas, sonrisas, palabras, silencios, fotografías, historias, relatos, pensamientos, deseos, sueños, confesiones, horas y horas de charlas en las que la madrugada de cada día dejaba a un lado a la noche que se iba.
Una brisa fresca, pero de esas para el alma. Mi corazón agradece. Un espíritu contento sabe que la ciudad queda otra vez atrás, pero que se disfrutó al máximo, porque anque no quiera pronto las distancias serán enormes, esa mirada ya no podrá visitarse con frecuencia y bajo la seguridad de haber topado con una suerte de ángel, ni un minuto de los compartidos se dejó escapar sin sentido.
Si que voy a extrañar.