“Imágenes del Río en Victoria”

Si había algo que tenía ganas de reencontrar eran las aguas del río. Más que nada el Delta.

Estoy seguro que para quien no lo vive son sólo aguas sucias, marrones, nada demasiado especial. Al menos así era en la infancia, un lugar sucio, en el cual no era conveniente andar hurgando.

Más tarde, remando, visitando lugares, conociendo gente comenzó, como todo aquello que se experimenta, se experiencia, a tener si propia alma.

Plantas, animales, árboles, gente y una rica historia hacen del Delta un gran lugar. Sus agua no ostentan esos colores del Caribe, pero guardan celosamente secretos que una vez descubiertos el encantamiento es casi magnético.

Los ojos, según los grandes exploradores, no pueden descansar ni un segundo por todo lo que se ofrece, pero cuando se les permite descansar, sonidos, melodías, olores, aromas, sensaciones de las más básicas y sencillas comienzan a describir otro lugar en el mundo.

Algo así: pequeños canales, de agua turbia, arrastrando sedimentos desde el norte del país, llenos de vida, de la energía que permite a millares de árboles, a una gran cantidad de especies nacer, desarrollarse; mucha gente, con infinitas historias, cerca del río, pescando, armando canastos de mimbre, preparando dulces, jaleas, miel; animales, algunos extraños, desconocidos en otros sitios; más canales, más arroyuelos, todos silenciosos, todos con sus melodías particulares. Por momentos, cuando te concentras un poco, cuando te relajas otro tanto, puedes recostarte sobre la hierba de alguna isla, o bien, dejarte llevar por la corriente, sobre una pequeña embarcación y comienzas a percibir, desde el aroma de los juncos, del agua, nafta de las lanchas, vegetación humedecida por la noche de rocío.

De todo, mundos y mundos de sensaciones, tal vez es ese el mayor obsequio de este lugar…